Más que un deporte, Rompiendo barreras

Por Stefany Bolaños stef_0078@hotmail.com

Después de ahorrar por un año entero, finalmente hicimos con mi familia el viaje de vacaciones a México que tanto habíamos esperado. Debo mencionar que hacer por tierra este tipo de viajes tan largos siempre resulta una travesía llena de aventura; al menos eso pasa siempre en mi familia. Este año no fue la excepción. La frontera de Belice-México era un caos, y perdimos casi dos horas allí haciendo cola para poder pasar. Cuando al fin llegamos a México, recorridos apenas unos 20 kilómetros , empezaba en la autopista una cola interminable de carros. Todos los conductores empezaban a bajarse y a caminar para ver qué había pasado al frente, y como en las películas, un carro varado a media carretera estaba prendiendo fuego… Inexplicable, si. El conductor por supuesto, ya se había bajado despepitado, pero todos en la carretera se mantenían en silencio, como esperando a que el fuego llegara al tanque de gasolina y el carro explotara en mil pedazos. Cosa que no pasó, gracias a Dios. Cuando por fin llegaron los bomberos a apagar ese intenso fuego, pudimos por fin avanzar para llegar a Cancún.

Finalmente llegamos al hotel, y los días que prosiguieron a ese largo viaje fueron increíbles. El mar, con un color indescriptible, brillaba con los rayos del sol y la espuma de las olas reventaba delicadamente en la playa de arena blanca. Mi papá y yo pasábamos buenos ratos jugando voleibol a la orilla del mar. El y yo. Así ha sido desde que era pequeña y supongo que fueron esas lecciones con él las que causaron que me enamorara de este deporte. La pelota de volley se volvía indispensable en las reuniones familiares, y siempre después del postre, salíamos a la calle a jugar con mi papá y mis primos por horas. Así aprendí a jugar el deporte que años después me llevaría a conocer muchos países y a vivir muchas experiencias. Mi papá me ha enseñado a hacerlo todo de forma apasionada, y algo tan pequeño como jugar con él enfrente del mar en nuestras vacaciones, se volvía hasta emocionante. Mientras jugábamos, los demás huéspedes en el hotel se preocupaban por asolearse para presumir con un bronceado perfecto y ser la envidia de todos; la gente se ha vuelto aburrida. Los salvavidas y meseros, por su parte, nos miraban asombrados. Después, el Jefe de Seguridad del hotel llegó a hablarle a mi papá y le comentó que en el hotel organizaban un torneo de voleibol interno entre los empleados y que ese día era la final. Seguridad contra Lavandería. Ellos eran el equipo de Seguridad (que incluía a los salvavidas y a otros empleados de limpieza), y los de Lavandería tenían en su equipo a los gerentes del hotel (las personas con los puestos más altos y los mejores salarios). Mi papá y yo seríamos los refuerzos del primer equipo, y como cosa rara (sarcásticamente hablando) estábamos felices de poder participar. Típicos deportistas supongo. Cuando llegamos en la tarde a la cancha del hotel, me quedé asombrada. Los trofeos eran más grandes que cualquier tipo de trofeo que dan en los campeonatos importantes de Guatemala como los Juegos Nacionales. Había mesas con botellas de agua fría para los jugadores y hasta un mexicano divertidísimo que amenizaba el partido con un micrófono en la mano. La final estuvo intensa. Los gerentes del hotel no pensaron nunca que iban a perder. Yo estaba feliz, en mi equipo había dos salvavidas, un mesero, un empleado de seguridad y una mucama. Celebrábamos los puntos eufóricos, como si se tratara de un campeonato mundial y yo me sentía más parte de un equipo que nunca. Al recibir el trofeo del Primer Lugar, hablé con uno de los gerentes del hotel (del equipo rival) y me comentó que hacen este tipo de actividades para fomentar la convivencia entre los empleados del hotel. Entonces existe un mismo compañerismo entre todos y son igual de amigos un mesero con un gerente general y un salvavidas con un empleado de lavandería. No existen diferencias y como él me dijo: “Todos somos seres humanos iguales y todos merecemos las mismas oportunidades”. No sé como un equipo con tan variadas personalidades logró consolidarse para ganar. Pero ese era el objetivo de ese torneo. Me impresionó mucho ese tipo de actividades en el hotel. Al día siguiente los meseros me saludaban con una sonrisa y hasta una secretaria en el lobby me felicitó por la victoria. Las diferencias se dejan de un lado; es un trabajo en equipo. Hoy fue en un partido de voleibol, mañana será al recibir excelentes atenciones en un hotel, una importante reunión de trabajo, o un gran proyecto.

Hubo algo más que me impresionó mucho. Los mexicanos, le pese a quien le pese, se diferencian de los demás por un importante factor: son amables y gentiles con los turistas. La verdad es que eso se ha ido perdiendo poco a poco. Es difícil toparse con alguien detrás de un mostrador que lo trate a uno bien, y sin ir tan lejos, los empleados de las tiendas (no todos, claro) hacen su trabajo como si les pesara y hasta de mala gana. Los mexicanos sonríen en todo momento y por eso a los turistas les da gusto regresar. El salvavidas del hotel juntó una torre de arena con una pala para que los niños pudieran armar un castillo. Un huésped en la mesa junto a la mía le pidió a un mesero un pastel de chocolate, y aunque eso no estaba en la carta, el mesero le dijo que se lo conseguiría y aunque se tardó, regresó con un pastel de chocolate para el cliente. Un empleado de seguridad hizo lo imposible para dejarnos salir del hotel antes de la hora prevista para cargar el carro con las maletas y empezar a buena hora nuestro largo viaje de regreso a Guatemala (17 horas).

Las empresas exitosas están conformadas por equipos exitosos, no por individualidades entre los trabajadores. Y estamos hablando de negocios que, en este caso, involucran a más de 300 empleados. ¿Cómo es posible entonces, que 6, 12, o 21 integrantes de un equipo no sean capaces de lograr esa convivencia necesaria para un bien común o una meta fija? En el hotel, los empleados de seguridad no se peleaban por ver quién era mejor que quién; los gerentes generales trataban a los cocineros y a los encargados de lavandería por igual: con un gran respeto, llamándolos por sus nombres, en un ambiente de igualdad. Los empleados en general eran excelentes anfitriones, todos con un mismo fin: que los turistas regresaran.

Guatemala tiene un mismo fin en el deporte: sobresalir. No es tan difícil después de todo… Si 300 empleados pueden (y muchísimos más en empresas más grandes), ¿porqué nosotros no?

 

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