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Más que un deporte, En el Deporte no se vale ser del montón Por Stephany Bolaños stef_0078@hotmail.com A todos los incansables deportistas que todavía se atreven a soñar: El tiempo se escabulle por debajo de la puerta como un rayo de luz que penetra sin pensarlo. Hoy es otro día más. Mientras el mundo se estremece con problemas económicos, políticos y sociales, la realidad es esta; estamos aquí parados sin hacer nada al respecto. Es cierto, el planeta sigue girando, nosotros respiramos con tranquilidad, y las cosas que consideramos problemas en nuestras vidas, resultan asuntos triviales que se resuelven sin mayor ajetreo. Pero hay una realidad allá afuera que aunque a veces no nos empuja, nos toca, y nos recuerda que aunque el mundo esté de cabeza, las grandes historias (las de personas con valor y sin miedo) se cuelan por entre las rendijas de la opresión y nos brindan un respiro de aliento o una exclamación de orgullo. La vida es un segundo. Se traslada por las paredes de nuestras casas y nos levanta de un salto en las madrugadas para recordarnos que seguimos vivos, que el tiempo se termina, y que seguimos siendo los mismos de siempre. La situación no ha cambiado mucho, con los años el panorama sigue siendo el mismo. El problema no es ese; el problema es que esta forma permanente de subsistencia sin cambios, no nos inmuta. Nos habla, pero no nos grita. De pronto nos sorprendemos con los mismos sueños de hace diez años, las mismas historias de triunfos robados de hace varios meses, las mismas anécdotas incansables de un evento singular, y el mismo guardarropa con ideas sin lograr y propósitos sin cumplir. El tiempo sigue pasando y entre esta realidad que nos exige un cambio, y esta parte de la vida que nos obliga a seguir con nuestra rutina, solo nos empujan algunos tristes pensamientos sin antecedentes: ¿Quiénes somos? ¿En dónde estamos parados? ¿A dónde vamos? ¿Qué le estamos dando de regreso a la vida? Cuatro preguntas… ¿cuántas respuestas? Seguramente escasas. Hemos perdido la razón de nuestras vidas porque estamos sumidos en rutinas constantes que no nos detienen. Olvidamos cuál es el sentido de lo que hacemos (para muchos, era inicialmente porque les apasionaba; para la mayoría era porque representaba algo que tenían que cumplir). ¿Quién nos obliga a cumplir? ¿Por qué seguimos subordinados a esa dependencia incansable que nos roba la originalidad y creatividad, y nos obliga a seguir a los demás? Todo esto por la ancestral opinión pública, el “qué dirán”, el miedo a sobresalir por nuestros propios medios y marcar una diferencia. No podemos seguir perdidos, caminando en piloto automático por la vida sin saber de metas y sin interesarnos siquiera por alcanzarlas. Las diferencias recaen en los que tienen el valor y en los que no. Los que no lo tienen están destinados a un aburrimiento absoluto que se fortalece con el tiempo; los que pierden el miedo encontrarán en las eventos más simples de la vida, los placeres más grandes; en los acontecimientos más pequeños, las lecciones más importantes; en las cosas más usuales, las ideas más creativas; en la rutina del día a día, las diferencias que conforman los mejores aspectos del diario vivir. La vida tiene mucho por ofrecer, ¿qué tanto valor tenemos para descubrirlo? Al final no son las medallas, ni las marcas, ni los tiempos, ni los campeonatos lo que lo convierte a uno en un campeón. Nos convierte en campeones la capacidad de dejar salir esa pasión que inicialmente nos empujó a tener un sueño…
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